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jueves, 3 de enero de 2013

"La colmena" de Camilo José Cela.

 Por: Zully Zambrano.

 

“La Colmena” del escritor español, Camilo José Cela – 1916- 2002) edita esta novela en Buenos Aires, por el año de 1951, ya que en su natal España la censura de la época impedía la vida a la obra y su autor, no solo por el ambiente de guerra que aún se sentía muy vivo, sino que aborda temáticas sexuales, homosexuales, pobreza y términos que el franquismo no aceptaba fuera consultados por el pueblo español. Empero la estructura externa está compuesta de seis capítulos y un epílogo. Cada capítulo consta de un número variable de secuencias de corta extensión, que desarrollan episodios que están mezclados con otros que ocurren simultáneamente. De esta manera el argumento se rompe en multitud de pequeñas anécdotas. Lo importante es la suma de las mismas, que conforma un conjunto de vidas cruzadas, como las celdas de una colmena o incluso, podemos equipararla a las piezas de un reloj, cada engranaje, celda y tornillo, invariablemente son necesarios para que todo marche en el orden que debe, siendo así uno mismo, aunque con funciones diferentes.

El marco espacio-temporal es muy preciso: Madrid en tres días de 1942, en plena posguerra. La intención de Cela por reflejar con el máximo verismo la realidad social de la época adoptando un punto de vista objetivista, pero, como es lógico, tuvo que realizar una selección dentro de ese inmenso conjunto. La historia se basa en un espacio novelesco no muy amplio pero con bastantes personajes que intervienen poco en el transcurso de la obra. Alrededor de los trescientos personajes que aparecen, apenas encontraremos representantes de las clases más acomodadas, y del mismo modo no tienen relevancia los pertenecientes a la clase obrera o a los sectores marginados. Lo que predomina es la clase media baja, la pequeña burguesía venida a menos, es decir, gentes en situación inestable, que tienen un futuro incierto y han de vivir a salto de mata. Sus ilusiones y proyectos de futuro son engañosos: sus miradas “jamás descubren horizontes nuevos”, y su vida es una “mañana eternamente repetida”. Este tipo de personajes se ajusta muy bien a la visión de la vida subyacente en la novela, primera parte de una serie que había de llevar el significativo título de “Caminos inciertos”. La voluntad de reflejar con exactitud la realidad no supone la absoluta neutralidad del autor, que interviene de dos formas contradictorias. En la mayoría de los casos utiliza la técnica objetivista, es decir, se limita a mostrar, a describir desde fuera, sin penetrar en el interior de los personajes. Otras veces, adopta una actitud omnisciente y comenta irónicamente las actitudes de los personajes.

Adentrándonos en terrenos de estética y estilo, en esta novela encontramos que el estilo de “La colmena” corresponde a una apariencia de espontaneidad que esconde un cuidadoso trabajo de perfeccionamiento. En la primera nota de edición, Cela mismo afirma “su arquitectura es compleja, a mí me costó mucho trabajo hacerla” (La Colmena 7), más no le resta encanto en el discurso narrativa, ya que la prosa contiene efectos rítmicos, paralelismos, repeticiones, en las que predomina el tono cortado, brusco y directo, empero, las inserciones líricas que aparecen nos recuerdan que Cela comenzó su carrera literaria escribiendo poesía, así como la gran proeza y versatilidad del escritor español. En La colmena los componentes temporal – los tres días en que transcurre la narración- y espacial –Madrid- son muy reducidos –aunque sí variados escenarios dentro de la misma ciudad, como la colmena misma o la vecindad- , ello hace que los elementos que componen la intriga (sucesos, episodios, etc.) queden supeditados a los elementos del comentario (valoración subjetiva). Existe, por tanto, un predominio del discurso.

La construcción narrativa que esboza Cela en su obra “La colmena” se ve cubierta de una complejidad magistral, la arquitectura que se presenta es de una construcción tan exacta y precisa que sorprende, no quede ningún hilo suelto. Esta obra es catalogada con tintes: realistas, tremendistas, tradicionalista¸ de denuncia¸ y una serie de adornos a los que pudiera o no corresponder en su momento. Si bien, una cita que Milán Kundera utiliza como argumento en una entrevista, para develar uno de los enigmas y complejidades que esboza la novela, reza: “Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo” (El arte de novela37) donde construye un esqueleto humano que podemos asimilar como una España diseccionada por la Guerra, de la que a bien, se puede comparar con las arterias y estómago, por donde corre y en el cuece la sustancia histórica, son de duro y frío pedernal (Cela La Colmena11) que oscila entre en un aletargamiento moribundo o en una larga agonía, tras una guerra que los ha “colmado a todos”; la cultura y la tradición del hombre, como cultura y la tradición de la hiena o de la hormiga, pudieron orientarse sobre una rosa de tres vientos: comer, reproducirse y destruirse. La cultura y tradición no son jamás ideológicas, más bien instintivas, mientras que la ley de herencia no está ajena al sentido de costumbre, una cultura y una tradición de sangre y de cotidianeidad (11) en la que se sume y se va educando que se debe sumir, en una especie de niebla impregnada de patetismo que a todos nos contagia e incluso hace sentir que te hago cuanto más te vas adentrando.

Esta obra corresponde a una necesidad, a un grito que le es menester abrirlo a los ojos de los demás, que es censurado en su propio escenario, que y no es hasta varios años más tarde que se le abre paso, pero a escondidas, donde su gobierno reprocha que exponga un retrato pintoresco y crudo de lo que verdaderamente acontece ante los ojos de Cela. La complejidad y el compromiso al que se abraza su autor para con su obra es, los personajes de el héroe y el sabio representaban la necesidad de legitimar a una nueva clase dirigente. Su mitificación resolvía un problema social clave para la prosperidad de aquellas culturas y sociedades. De encontrar héroes y sabios dependía el que pudiera salir adelante. El resultado de este tránsito siempre será un ser humano nuevo, mejorado, que ya precisa del escudo protector de la identidad. Este ser humano nuevo ha descubierto que lo que le hace nuevo es ser, sentirse humano y comprender la falsedad de todo lo demás. Puede darse otra solución alternativa: que las viejas identidades sean sustituidas por otras nuevas: por un héroe y un sabio de nuevo tipo. Los nuevos mitos del espectáculo no parecen legitimar ni asegurar nada. Al menos nada que no sea el entretenimiento.

Ampliamente recomendable y absorbente, aunque puede ser un poco espesa.

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