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viernes, 3 de diciembre de 2010

Ella no sabe...

Un momento, un lugar, basta de un segundo para que dos vidas, para que años, meses, días, coincidan en un mismo espacio y porque no, en un transporte público.

Si dos mujeres cruzan su camino, se miraran de reojo y si se llegasen a sonreír, debemos concluir que ambas, no saben nada una de la otra, pero todo lo imaginan y en su mente todo sentencian.

Las calles son las mismas, los cruceros siguen en su lugar, nada de lo que habita en esta ciudad ha cambiado. Un tapiz de yeso y azulejo color amarillo, sazonado con ligero toque de contaminación, smog, cigarro, drogas y vagabundos hijos del alcohol, solo así se adorna y se reconoce las estaciones de una ciudad como esta. La multitud de transportistas se congrega en un momento y lugar, justo cuando nadie lo espera, pero todos, al fin y al cabo saben que se han de encontrar.

Cada mañana, las manecillas se visten y se separan, para anunciar las nueve en punto, en sincronía dos mujeres, entre una gran multitud, dan un paso al mismo tiempo, avanzan y ocupan un lugar, uno junto al otro. De reojo se miran, como dos lobas, marcando su territorio, temiendo por lo suyo, más que nada por su mente y lo que de ellas pudieran robar - como si pudiesen rob
arse una a la otra- lo que ya no tienen, lo que por derecho conyugal, les fue demandado.

La mujer de lado, la implacable juez, se retuerce en pensamientos, se clava en sus recuerdos y juzga culpable a su compañera.

Una mirada, una falsa sonrisa, dos mundos, dos cabezas, un pensamiento en común, basta tan solo un minuto, para ponerte en los zapatos del otro. El preludio de dos mundos que tienen más en común de lo que sus dueñas se podrían imaginar.


Las manecillas digitales del despertador son ligeramente rosadas por el astro sol, otro día pretende alzar el vuelo. Se ilumina a franjas, la mesa de noche. Mientras asciende la luz se despiden las sombras de las sabanas que ya no son blancas, sino un color vino amargo, con forma de saliva vieja e impregnadas de dolor, no son sabanas nuevas.
Los cabellos negros, permanecían estáticos, desde la última agresión. Aquella noche extinta había sido magullado el espíritu de esa piel morena, que llevaba viviendo 25 años de casados, con las horas, ya comenzaba a endurecerse la sangre, mientras que algunas partes de su cuerpo se tornaban moradas, por su mente paso la idea de que ya no había maquillaje color piel, tendría que ir en busca de más, total, las mangas negras siempre ayudan. Hoy no habrá escote.


Ella, si ella la que no usara escote hoy, porque su marido le ha demostrado una vez más que su amor y su fuerza es eternamente incondicional a ella, que no hay en el mundo “otra mujer que lo provoque como ella”, si, ella, ella envidia a la mujer joven que está a su lado, envidia su vida, su juventud, su belleza, desearía su fuerza, su voz y su voluntad para aprender a decir no.

Alta, delgada, o mejor dicho escultural, blusa satín sin escote, pantalones negros que se adhieren a sus hermosas y gastadas piernas. Rostro agradable, labios gruesos, mejillas con color otorgado por el maquillaje de AVON, nariz delgada y pequeña, ojos pequeños pero de gran brillo, casi inocentes, con parpados de color, de esos que te hace mirar y verlos detalladamente. Su frente descubierta, al igual que su rostro, ya que su cabello castaño claro está perfectamente peinado hacia atrás, pues, es de día y hoy no toca ser exuberante ni llamar la atención.

Si, como no envidiar su juventud y belleza, como no codiciar su experiencia, su condición, y su negocio, el negocio del placer, una mujer que en los últimos diez años ha logrado proporcionar más de 120 orgasmos con más de 65 posturas y una que otra inventada, envidiable? Ella no lo cree así, pues a pesar de tantos años, tantas vidas, tantos nombres, miles de noches que se resumen a un momento, un instante, que a veces preferiría ser virgen nuevamente. Hoy recuerda todo eso.

Las luces de neón iluminan de rojo su rostro enmarcado por unos rizos rojizos, una boca roja, unos senos casi al aire, que les impide ver la noche un bra negro con encaje y encima una blusa transparente, debajo unas medias, un tanto rotas, que aún asoman sensualidad en compañía de una falda corta y unos altos zapatos.

Un deportivo rojo se detiene ante ella, baja el vidrio y hace una seña a la joven, quien arroja su cigarro y sube sin titubeos, piensa que quizá esta noche sean unos mil, mil doscientos. Ninguno habla. Llegan a un motel de paso a las afueras de la ciudad. El hombre tan solo dice: espera, al bajar del auto camina hacia el lugar y regresa al poco rato. Le exige que baje. Ella esta acostumbrada. La conduce a una habitación, al cerrar la puerta, la toma del brazo y la arroja contra la cama, comienza a golpearla violentamente con el cinto y le exige que deje de gritar. Ella intenta luchar, pero es más fuerte que ella y comienza a desnudarla con violencia sin reparar en el daño que le hace a sus partes sensibles. La joven intenta explicarle que ella no hace ese tipo de trabajos, que debe respetarlo aunque sea una prostituta. El hombre se detiene y la abofetea tan fuerte que casi la desmalla. No vuelve a decir nada y nuevamente presta su cuerpo para los fines de aquel hombre. Entra, y después de unos minutos que a ella le parecieron eternos, termina, nuevamente la agrede.

Los primeros rayos comienzan a salir, la sangre ya se ha secado, afortunadamente son las partes discretas las cuales tendrán marca, hoy no podrá trabajar, y debe comprar maquillaje que cubra todo, las mangas siempre ayudan, ella tampoco usara escote hoy.
Camino durante el alba, sola por la carretera, con tan solo mil pesos, le erro esta vez al precio, no hubo reclamos, no tuvo tiempo, después de haberla poseído le tiro el dinero a la cara y se metió a la ducha, tras salir, se limito a preguntar: ¿sigues allí?.

Tuvo la fuerza suficiente para seguir hasta su casa y mudarse la gala, ¿Por qué rayos no podría mudarse la piel? Al fin de cuentas había ganado algo, y hace falta comprar algunas cosas.

Se anuncia la llegada a la terminal centra, bajan muchos pasajeros, entre ellos dos mujeres. Donde la joven, antes de salir, observa a la mujer, observa su rostro -se ve que se cuida la piel-, sus manos –se nota que es casada-, sus zapatos -pues si no es feliz, al menos tiene muchas cosas para comprarse, ha, que no daría yo por tener dinero y una familia-.
Finalmente las dos mujeres se miran de frente y se sonríen, ambas toman un camino en dirección contraria, envidiando la una a la otra, lo que ambas no tienen y padecen.

1 comentario:

  1. me gusto, me pareció bastante visual... buen empleo de imágenes alucivas al tema... its fine,y eso por que soy un poco visual y me gusta lo leo e imagino :P

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